La Fe en Su Sangre: El Nuevo Pacto y su Secuencia Celestial
La Fe en Su Sangre: El Nuevo Pacto y su Secuencia Celestial
La doctrina del Nuevo Pacto en la sangre de Cristo constituye uno de los fundamentos más profundos de la fe cristiana. Su comprensión no solo implica reconocer el acto histórico de la muerte de Jesús, sino penetrar en la secuencia teológica que se inaugura por su sangre, es decir, en virtud del pacto sellado en ella. Este pacto desencadena una cadena de eventos que se suceden como fichas de dominó, desde la cruz hasta el trono celestial. Este ensayo expone de manera sistemática dicha secuencia, resaltando el significado de tener fe en Su sangre.
I. La Sangre Derramada y el Pacto Inaugurado
El punto de partida es la declaración de Jesús en Lucas 22:20:
"De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama."
Esta confesión, reiterada en Mateo 26:28 —"porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados"—, define explícitamente el tipo de sacrificio que Jesús está cumpliendo: un sacrificio de pacto.
Las Escrituras establecen varios tipos de sacrificios, siendo uno de ellos el sacrificio de pacto, relacionado particularmente con el sacrificio de paz. Este fue el sacrificio utilizado por Moisés para inaugurar el Antiguo Pacto en el Sinaí. En este tipo de sacrificio, se ofrecía un macho o una hembra de entre los animales puros, y la carne de la víctima era compartida en una comida de comunión que unía a Dios, al sacerdote y al pueblo.
El relato de Éxodo 24:5-8 describe este momento:
"Y envió jóvenes de los hijos de Israel, los cuales ofrecieron holocaustos y becerros como sacrificios de paz a Jehová.
Y Moisés tomó la mitad de la sangre y la puso en tazones, y esparció la otra mitad de la sangre sobre el altar.
Y tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, el cual dijo: Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos.
Entonces Moisés tomó la sangre y roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas."
Así, el Antiguo Pacto fue inaugurado con sacrificios de paz — sacrificios de comunión — que establecían la relación entre Dios y su pueblo. La sangre derramada sobre el altar y sobre el pueblo sellaba ese pacto solemne.
Sin embargo, ¿por qué era necesario un Nuevo Pacto? Porque el Antiguo Pacto fue quebrantado reiteradamente por la infidelidad de Israel. El pueblo cometió pecados que, bajo la ley del Antiguo Pacto, eran considerados irremisibles (sin remisión posible sino por la muerte).
Dios mismo acusa al pueblo de haber roto el pacto en numerosas ocasiones. Por ejemplo, en Jeremías 11:10:
"Se han vuelto a las iniquidades de sus primeros padres, los cuales no quisieron escuchar mis palabras, y ellos se fueron tras dioses ajenos para servirles. La casa de Israel y la casa de Judá invalidaron mi pacto, el cual había yo concertado con sus padres."
En Jeremías 31:32, cuando Dios anuncia el Nuevo Pacto, vuelve a recordar esta ruptura:
"No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un esposo para ellos, dice Jehová."
También en Oseas 6:7 (LBLA):
"Mas ellos, cual Adán, quebrantaron el pacto; allí me fueron infieles."
Finalmente, en Isaías 50:1, Dios expresa claramente el rechazo que resultó de esta infidelidad:
"Así dijo Jehová: ¿Dónde está la carta de divorcio de vuestra madre, con la cual yo la repudié? ¿O quiénes son mis acreedores, a quienes yo os he vendido? He aquí que por vuestras maldades habéis sido vendidos, y por vuestras rebeliones fue repudiada vuestra madre."
Estas denuncias reiteradas demuestran que el pueblo quedó fuera del pacto. Por su pecado e infidelidad, Israel fue desechado del pacto inicial, y por eso fue necesario que Dios anunciara un Nuevo Pacto, esta vez con la promesa de un perdón total y una transformación interior.
Este Nuevo Pacto es profetizado en Jeremías 31:31-34:
"He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá; no como el pacto que hice con sus padres... porque este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo... porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado."
Es precisamente en la sangre derramada de Cristo donde este Nuevo Pacto se sella. Por su sangre, el pacto es inaugurado, habilitando así el perdón de pecados antes considerados imperdonables y restaurando la comunión entre Dios y su pueblo.
II. La Secuencia Celestial: De la Cruz al Trono
Este proceso puede describirse como una secuencia de eventos interconectados, cada uno desencadenado por su sangre, es decir, en virtud del pacto sellado por la sangre de Cristo.
Primera ficha: La Sangre Derramada
El sacrificio de Cristo en la cruz inaugura el Nuevo Pacto. Sin la sangre derramada, ninguna de las acciones subsiguientes sería posible. Como afirma Efesios 1:7: "en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia."
Segunda ficha: La Resurrección y el Nuevo Sacerdocio
La resurrección de Jesús no es solo un milagro portentoso, sino la inauguración de un nuevo sacerdocio. Jesús, que no era de la tribu de Leví, es constituido Sumo Sacerdote por el poder de su vida resucitada, de acuerdo con el orden de Melquisedec (Hebreos 7:15-17):
"Y esto es aún más manifiesto, si a semejanza de Melquisedec se levanta un sacerdote distinto, no constituido conforme a la ley del mandamiento acerca de la descendencia carnal, sino según el poder de una vida indestructible; pues se da testimonio de él: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec."
Tercera ficha: La Ascensión y la Entrada al Lugar Santísimo
El Sumo Sacerdote resucitado debe entonces presentarse ante el verdadero Lugar Santísimo, que no está en la tierra, sino en el cielo. Hebreos 9:24 afirma:
"Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios."
Aquí, Cristo asciende y comienza un ministerio celestial, todo ello por su sangre, es decir, porque el pacto lo ha constituido Sumo Sacerdote y lo habilita para presentarse ante el trono.
Cuarta ficha: La Purificación Celestial y de las Conciencias
Al entrar en el santuario celestial, Cristo inicia un ministerio de purificación:
"¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?" (Hebreos 9:14)
El texto también aclara que las realidades celestiales fueron purificadas con mejores sacrificios (Hebreos 9:23):
"Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos."
Cristo no llevó sangre física al cielo. Más bien, por su sangre — es decir, en virtud del pacto que lo constituyó Sumo Sacerdote — se ofreció a sí mismo como ofrenda viva, y su sola presencia gloriosa purifica los bienes celestiales y las conciencias de los creyentes.
III. La Entrega y Entronización: El Sumo Sacerdote Eterno
El proceso culmina cuando Cristo, tras haber purificado el santuario celestial y nuestras conciencias, es entronizado a la diestra del Padre. Así lo dice Hebreos 10:12:
"pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios."
El sentarse indica la aceptación completa y definitiva de su obra. El Sumo Sacerdote ha presentado su ofrenda — se ha presentado a sí mismo como hombre glorificado — y ha sido aceptado en el trono. Todo esto ha sido posible por su sangre, es decir, en virtud del pacto que inauguró en la cruz.
Hebreos 1:3 lo resume:
"el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas."
IV. La Fe en Su Sangre y el Lugar de Encuentro: El Mercy Seat Celestial
El clímax de esta secuencia teológica es que Dios, a través de la sangre de Cristo, ha establecido un lugar de encuentro permanente entre Él y la humanidad. Este lugar de encuentro es figurado en el Antiguo Testamento por el propiciatorio (ἱλαστήριον, hilastérion), la tapa del arca del pacto, conocida en inglés como mercy seat.
En Romanos 3:25, Pablo afirma:
"a quien Dios puso como propiciación (hilastérion, literalmente propiciatorio) por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados."
Este uso del término hilastérion conecta directamente con las instrucciones dadas en el libro de Éxodo y Levítico, donde el propiciatorio es descrito como el lugar donde Dios se encuentra con el hombre y donde Su presencia se manifiesta.
Éxodo 25:21-22 declara:
"Y pondrás el propiciatorio encima del arca, y en el arca pondrás el testimonio que yo te daré.
Y de allí me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre el propiciatorio, de entre los dos querubines que están sobre el arca del testimonio, todo lo que yo te mandare para los hijos de Israel."
Levítico 16:2 añade:
"Y Jehová dijo a Moisés: Di a Aarón tu hermano que no en todo tiempo entre en el santuario detrás del velo, delante del propiciatorio que está sobre el arca, para que no muera; porque yo apareceré en la nube sobre el propiciatorio."
Cuando Pablo dice en Romanos 3:25 que Cristo es nuestro hilastérion, enseña que Cristo es ahora el verdadero lugar de encuentro entre Dios y el hombre. Este lugar no corresponde a la cruz, sino al Trono de Gracia en el cielo, el verdadero Lugar Santísimo, donde Cristo se ha presentado como Sumo Sacerdote resucitado y glorificado.
El Cristo, Dios hecho hombre, ahora en cuerpo glorificado, es el mediador y el cumplimiento definitivo del propiciatorio. Por su sangre — es decir, por razón del pacto sellado en su sangre — todo el camino ha sido abierto para que Cristo comparezca ante Dios, y en Él, los creyentes tienen acceso seguro al trono de gracia.
Por la fe en su sangre, el creyente accede ahora a Dios, a través de Cristo entronizado en el cielo. No es necesaria ya la mediación de un arca física ni de un templo terrenal. El mediador perfecto es Cristo glorificado.
Como declara 1 Timoteo 2:5:
"Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre."
Recapitulación
- Por su sangre se inaugura el Nuevo Pacto (Lucas 22:20; Mateo 26:28; Éxodo 24:5-8; Jeremías 31:31-34; Hebreos 9:15)
-
Por su sangre Cristo es constituido Sumo Sacerdote por medio de su resurrección
(Hebreos 7:15-17; Hebreos 7:20-22; Hebreos 9:11-12; Romanos 1:4; Efesios 1:20)
(nota: por su sangre = en virtud del pacto inaugurado por su sangre) -
Por su sangre asciende y entra en el Lugar Santísimo celestial
(Hebreos 9:24; Hebreos 9:11-12; Hebreos 10:19-20; Efesios 4:8-10)
(por su sangre = el camino abierto por el pacto) -
Por su sangre purifica los bienes celestiales y nuestras conciencias
(Hebreos 9:23-24; Hebreos 9:14; Hebreos 10:22; 1 Juan 1:7)
(la purificación se produce por su presencia como sacerdote, habilitado por el pacto inaugurado en su sangre) -
Por su sangre es entronizado como mediador y cumplimiento definitivo del propiciatorio
(Romanos 3:25; Hebreos 10:12; Hebreos 1:3; Filipenses 2:8-11; 1 Timoteo 2:5)
Tener fe en su sangre es confiar en que todo este camino ha sido recorrido y consumado, y que el creyente tiene, en Cristo, acceso permanente y seguro al trono de Dios.
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Fase |
Base bíblica |
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Por su sangre se inaugura el Nuevo Pacto |
Lucas 22:20; Mateo 26:28; Éxodo 24:5-8; Jeremías 31:31-34;
Hebreos 9:15 |
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Por su sangre Cristo es constituido Sumo Sacerdote por
su resurrección |
Hebreos 7:15-17; Hebreos 7:20-22; Hebreos 9:11-12; Romanos
1:4; Efesios 1:20 |
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Por su sangre asciende y entra en el Lugar Santísimo
celestial |
Hebreos 9:24; Hebreos 9:11-12; Hebreos 10:19-20; Efesios
4:8-10 |
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Por su sangre purifica los bienes celestiales y
nuestras conciencias |
Hebreos 9:23-24; Hebreos 9:14; Hebreos 10:22; 1 Juan 1:7 |
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Por su sangre es entronizado como mediador y
cumplimiento definitivo del propiciatorio |
Romanos 3:25; Hebreos 10:12; Hebreos 1:3; Filipenses
2:8-11; 1 Timoteo 2:5 |
La sangre de Jesús y el Nuevo Pacto: una unidad inseparable
El Nuevo Testamento enseña de manera unánime que la sangre de Jesús derramada en la cruz tiene como sentido esencial el de inaugurar un nuevo pacto entre Dios y su pueblo. Esta verdad es establecida en las mismas palabras de Jesús en la última cena: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Lucas 22:20; cf. Mateo 26:28; Marcos 14:24; 1 Corintios 11:25). En estas declaraciones, la sangre no se refiere simplemente al acto físico del derramamiento, sino a su significado teológico: por medio de su sangre se inaugura solemnemente el Nuevo Pacto, tal como el Antiguo Pacto había sido inaugurado con sangre (Éxodo 24:6-8; Hebreos 9:18-21). El uso reiterado de esta fórmula en los evangelios y en la liturgia apostólica muestra que los cristianos entendían la cruz como el evento por el cual el Nuevo Pacto fue establecido en la historia.
Por eso, cada mención de la sangre de Jesús en el NT hace referencia —de manera directa o indirecta— a las consecuencias del Pacto. Efesios 1:7 afirma: “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (cf. Colosenses 1:14), subrayando que el perdón de los pecados es un beneficio propio del Nuevo Pacto (Jeremías 31:34; Hebreos 9:22). Romanos 3:25 declara que Dios presentó a Jesús como “propiciación por medio de la fe en su sangre”, y Hebreos 9:12 señala que Cristo “entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo... por su propia sangre, habiendo obtenido eterna redención”. En todos estos textos, la referencia a la sangre no es una mención genérica al sufrimiento de la cruz, sino un recordatorio explícito de que por su sangre Jesús inauguró el Nuevo Pacto en la tierra, y que esta sangre sigue siendo la base sobre la cual ejerce ahora su ministerio celestial.
Además, la sangre de Jesús establece nuevas relaciones de acceso y comunión con Dios, propias del Pacto. Hebreos 10:19 proclama: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesús”, y Hebreos 13:20 bendice a Dios que resucitó a Cristo “por la sangre del pacto eterno”. Esta dimensión pactual es también celebrada en Apocalipsis 5:9: “con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación”. Es decir, la sangre de Jesús es la que sella la pertenencia del nuevo pueblo de Dios, estableciendo una comunión permanente entre Dios y los redimidos. Las menciones de la sangre en Apocalipsis no son un símbolo de muerte violenta sin sentido, sino una proclamación de la obra de pacto inaugurada en la cruz y ahora vigente.
Finalmente, la sangre de Jesús es el fundamento del ministerio sacerdotal celestial que sostiene el Nuevo Pacto. Hebreos 9:14 afirma que “la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará nuestras conciencias”. Aquí no se dice que la sangre fuera derramada en el cielo, sino que Jesús, ya resucitado y glorificado, entra en el verdadero Lugar Santísimo por su sangre, es decir, en virtud del pacto que estableció en la cruz. Por tanto, cuando los textos apostólicos mencionan la sangre de Jesús, no lo hacen para describir un aspecto ritual o físico aislado, sino para declarar que el Nuevo Pacto ha sido inaugurado en virtud de su sangre, y que todas sus consecuencias—perdón, acceso, purificación, herencia, nueva identidad—derivan de esa sangre pactual. Desconectar las menciones de la sangre de su contexto de pacto es distorsionar el sentido profundo que la Escritura le atribuye. La sangre de la cruz es la sangre del Pacto Eterno.

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